martes, 27 de octubre de 2009

Café y Cigarrillos

Las nubes se apretaban grises unas contra otras y una ráfaga de viento se precipitó veloz por la calle. Kimberly se estremeció. Se acomodó el gorro de tela y deseó haber salido en pantalón. Se le había hecho tarde y el café estaba a varias cuadras. Pensó en volver a casa. Se detuvo decidiendo hacia dónde ir. En ese momento una lluvia torrencial comenzó a caer. Un impulso la llevó a cruzar la calle y dirigirse al café.

–Espero que Caro no haya llegado todavía –se dijo.El agua caía a borbotones. Kimberly saltaba de vez en cuando para esquivar los charcos.

Al fin llegó. Escurría agua. A su entrada la recibió el aroma del café y el pan fresco. El lugar estaba tibio. Al fondo, en una mesa junto a la ventana estaba él, solo. Paul –susurró. –Hola Paul –le dijo Kimberly mientras se acercaba.

–Hola Kim, ¿cómo estás? –le respondió mientras la miraba de arriba a abajo. Se levantó y le dio un beso en la mejilla.

–Ehh, un poco empapada, como ves.

–Veo –la miró a los ojos. Ambos sonrieron–. Siéntate. ¿Quieres algo?

–¡Huy, sí! Algo caliente.–Señorita –llamó Paul a la mesera– tráigame dos tintos, por favor.

–Ya se los llevo –contestó ella.
–Y ¿Cómo te va en el trabajo? –preguntó Paul
–Bien. Lo mismo de siempre.
–¡Huy! Estás temblando.
–Es el frío –le contestó rápidamente–. No te imaginas el frío que hace por la calle.
–¿Quieres mi chaqueta? –le preguntó Paul mientras se la quitaba. La mesera se acercó con los tintos.
–No gracias Paul, con el tinto es suficiente
–Ambos probaron el tinto y se miraron.
–Le falta azúcar –dijo Kimberly. Llevó la mano a los cubos. Él hizo lo mismo. El roce de las manos exaltó a Kimberly y retiró la suya a prisa. –¿Qué pasa? ¿No le vas a echar azúcar?
–Paul le alcanzó el cubo, mientras la miraba de reojo y se reía para sí. Kimberly lo miró y no le respondió. Recibió el cubo. Ambos se quedaron en silencio. Paul bajó la mirada y Kimberly observó a través de la ventana. Las calles vacías, el viento silbando y el corazón a mil. Tiempo hacía que deseaba estar así, tiempo hacía que se había alejado, que se había hecho a un lado. Llovía copiosamente. Una pareja corría por la calle y entraba a un edificio. Imaginó que eran ella y Paul.
–Paul –llamó Kimberly. Él también había estado ensimismado– vamos a mi apartamento.
–¿A tu apartamento? –preguntó Paul desconcertado.

–Si, claro.–Ahí podemos hablar más tranquilamente.
–Claro, si, aquí no se puede hablar tranquilamente. Hay mucho ruido.
–Podemos llamar a Carolina y …
–¿A Carolina?
–Sí, le avisamos dónde estamos para que llegue allá de una vez y no se venga hasta aquí.–No, Carolina me dijo que…que no iba a venir
–Pero, ¿cómo así? Es que, ¿ustedes están peleados?Paul tomó el último sorbo de tinto.
–No –dijo–. Bueno, un poco. En realidad ya no nos llevamos tan bien.
–¿Porqué?
–No sé, supongo que nos haces falta a los dos.Kimberly rió y le cogió la mano a Paul.
–Tan bobo –le dijo.
–Oye, mejor vamos a mi apartamento, que está aquí a la vuelta –le propuso Paul.

Ambos salieron y caminaron despacio bajo la lluvia, hablaron y rieron. Cruzaron el parque y se tomaron de las manos. Subieron las escaleras, abrieron la puerta y entraron presurosamente. Se detuvieron de golpe en la sala. Ahí estaba Carolina; fumaba.

–Caro, ¿qué haces aquí? –le preguntó Paul. Rápidamente soltó la mano de Kimberly.
–Te estaba dando la sorpresa. Claro, ahora soy yo la sorprendida –le dijo a Paul mirando a Kimberly.
–Caro, te estuvimos esperando en el café de la vuelta –le dijo Kimberly– te íbamos a llamar.
–¿Si? ¿Cuándo? ¿Cuándo me iban a llamar?
–Caro –dijo Paul.
–Entonces estaban en el café. Tú no me dijiste nada, Paul.
–Tú dijiste que ibas a estar ocupada –le replicó.
–Y por lo visto tú también –continúo Carolina–. Pero bueno, ya estás aquí. Volvemos a ser el trío dinámico. Kimberly y Paul permanecieron en silencio. Carolina apagó un cigarrillo y encendió otro. Se acercó a Paul y le dio un beso. Paul miraba a Kimberly y ella apartó la mirada. Nunca debía haber regresado.

–Bueno –al fin dijo Kimberly–, yo mejor me voy.
–No, no es necesario –le dijo Paul, mientras apartaba los brazos de Carolina.
–Yo creo que sí, es mejor que te vayas, no queremos que te pase nada –le dijo Carolina, mientras volvía a abrazar a Paul.
–Okey, que acaben de pasar un … una buena noche –dijo Kimberly–. Y Caro, me encantó volverte a ver.
–Si Kim, lo mismo. No te imaginas las ganas que tenía de verte. Tenemos que ir a ese café un día de estos.
–Chao Kim –le dijo Paul.

Kimberly salió del apartamento un poco avergonzada, un poco molesta, un poco decepcionada. Bajó algunos escalones y se sentó. Afuera ya no llovía, pero seguía haciendo frío. Si, definitivamente debía haber llevado pantalón. Siguió bajando.

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