viernes, 25 de diciembre de 2009

Amor es...

El amor es como un muñequito de cuerda. Mientras se le da cuerda camina, después se le va acabando y se va quedando quietico y muerto.

Es como un carrito. Necesita combustible, después se queda varado. Necesita la vía libre, pero si va a toda y se choca contra esto y aquello, al final termina en una esquina de la carretera con las laticas todas arrugadas.

O es como un globo que necesita hidrógeno (y calor) para que continue en el aire. Pero si se le cierra la llave de paso, se desinfla, se va cayendo, se va cayendo. Sin hidrógeno pronto estará en el suelo, desinflado como al principio.

Es como una lámpara de aceite. Dura encendida mientras tiene el aceite que se le echó al principio. Pero se extingue cuando éste se le acaba. La buena noticia es que aún puede quedar aceite o en todo caso siempre habrá una forma de volver a encender la lámpara.

jueves, 12 de noviembre de 2009

the hobbit part 1

http://www.youtube.com/watch?v=4oAG1YnoToM

Rosas Rojas

Rosas rojas, Con espinas, Largas, duras. Por lado y lado. Las toco y me pico. Me pico y te toco.
Rosas rojas, Labios rojos Labios pintados De dulzura De amargura.
Un día rojas Un día rosas Al otro blancas Al otro marchitas.

Ya no encuentro agua (Siguen las espinas)
Que cure las arrugas (Duelen las espinas)
Qué venas raídas! (Quiero las espinas)
De pétalos rojos De rojas espinas.

martes, 27 de octubre de 2009

Café y Cigarrillos

Las nubes se apretaban grises unas contra otras y una ráfaga de viento se precipitó veloz por la calle. Kimberly se estremeció. Se acomodó el gorro de tela y deseó haber salido en pantalón. Se le había hecho tarde y el café estaba a varias cuadras. Pensó en volver a casa. Se detuvo decidiendo hacia dónde ir. En ese momento una lluvia torrencial comenzó a caer. Un impulso la llevó a cruzar la calle y dirigirse al café.

–Espero que Caro no haya llegado todavía –se dijo.El agua caía a borbotones. Kimberly saltaba de vez en cuando para esquivar los charcos.

Al fin llegó. Escurría agua. A su entrada la recibió el aroma del café y el pan fresco. El lugar estaba tibio. Al fondo, en una mesa junto a la ventana estaba él, solo. Paul –susurró. –Hola Paul –le dijo Kimberly mientras se acercaba.

–Hola Kim, ¿cómo estás? –le respondió mientras la miraba de arriba a abajo. Se levantó y le dio un beso en la mejilla.

–Ehh, un poco empapada, como ves.

–Veo –la miró a los ojos. Ambos sonrieron–. Siéntate. ¿Quieres algo?

–¡Huy, sí! Algo caliente.–Señorita –llamó Paul a la mesera– tráigame dos tintos, por favor.

–Ya se los llevo –contestó ella.
–Y ¿Cómo te va en el trabajo? –preguntó Paul
–Bien. Lo mismo de siempre.
–¡Huy! Estás temblando.
–Es el frío –le contestó rápidamente–. No te imaginas el frío que hace por la calle.
–¿Quieres mi chaqueta? –le preguntó Paul mientras se la quitaba. La mesera se acercó con los tintos.
–No gracias Paul, con el tinto es suficiente
–Ambos probaron el tinto y se miraron.
–Le falta azúcar –dijo Kimberly. Llevó la mano a los cubos. Él hizo lo mismo. El roce de las manos exaltó a Kimberly y retiró la suya a prisa. –¿Qué pasa? ¿No le vas a echar azúcar?
–Paul le alcanzó el cubo, mientras la miraba de reojo y se reía para sí. Kimberly lo miró y no le respondió. Recibió el cubo. Ambos se quedaron en silencio. Paul bajó la mirada y Kimberly observó a través de la ventana. Las calles vacías, el viento silbando y el corazón a mil. Tiempo hacía que deseaba estar así, tiempo hacía que se había alejado, que se había hecho a un lado. Llovía copiosamente. Una pareja corría por la calle y entraba a un edificio. Imaginó que eran ella y Paul.
–Paul –llamó Kimberly. Él también había estado ensimismado– vamos a mi apartamento.
–¿A tu apartamento? –preguntó Paul desconcertado.

–Si, claro.–Ahí podemos hablar más tranquilamente.
–Claro, si, aquí no se puede hablar tranquilamente. Hay mucho ruido.
–Podemos llamar a Carolina y …
–¿A Carolina?
–Sí, le avisamos dónde estamos para que llegue allá de una vez y no se venga hasta aquí.–No, Carolina me dijo que…que no iba a venir
–Pero, ¿cómo así? Es que, ¿ustedes están peleados?Paul tomó el último sorbo de tinto.
–No –dijo–. Bueno, un poco. En realidad ya no nos llevamos tan bien.
–¿Porqué?
–No sé, supongo que nos haces falta a los dos.Kimberly rió y le cogió la mano a Paul.
–Tan bobo –le dijo.
–Oye, mejor vamos a mi apartamento, que está aquí a la vuelta –le propuso Paul.

Ambos salieron y caminaron despacio bajo la lluvia, hablaron y rieron. Cruzaron el parque y se tomaron de las manos. Subieron las escaleras, abrieron la puerta y entraron presurosamente. Se detuvieron de golpe en la sala. Ahí estaba Carolina; fumaba.

–Caro, ¿qué haces aquí? –le preguntó Paul. Rápidamente soltó la mano de Kimberly.
–Te estaba dando la sorpresa. Claro, ahora soy yo la sorprendida –le dijo a Paul mirando a Kimberly.
–Caro, te estuvimos esperando en el café de la vuelta –le dijo Kimberly– te íbamos a llamar.
–¿Si? ¿Cuándo? ¿Cuándo me iban a llamar?
–Caro –dijo Paul.
–Entonces estaban en el café. Tú no me dijiste nada, Paul.
–Tú dijiste que ibas a estar ocupada –le replicó.
–Y por lo visto tú también –continúo Carolina–. Pero bueno, ya estás aquí. Volvemos a ser el trío dinámico. Kimberly y Paul permanecieron en silencio. Carolina apagó un cigarrillo y encendió otro. Se acercó a Paul y le dio un beso. Paul miraba a Kimberly y ella apartó la mirada. Nunca debía haber regresado.

–Bueno –al fin dijo Kimberly–, yo mejor me voy.
–No, no es necesario –le dijo Paul, mientras apartaba los brazos de Carolina.
–Yo creo que sí, es mejor que te vayas, no queremos que te pase nada –le dijo Carolina, mientras volvía a abrazar a Paul.
–Okey, que acaben de pasar un … una buena noche –dijo Kimberly–. Y Caro, me encantó volverte a ver.
–Si Kim, lo mismo. No te imaginas las ganas que tenía de verte. Tenemos que ir a ese café un día de estos.
–Chao Kim –le dijo Paul.

Kimberly salió del apartamento un poco avergonzada, un poco molesta, un poco decepcionada. Bajó algunos escalones y se sentó. Afuera ya no llovía, pero seguía haciendo frío. Si, definitivamente debía haber llevado pantalón. Siguió bajando.

Un regalo a media noche

La habitación está oscura. Se abre la puerta del frente. Se cuela un haz de luz. Entra un hombre obeso con una caja del tamaño de un televisor grande. Se apresura a cerrar la puerta. La habitación vuelve a estar a oscuras. Deja la caja en la sala-comedor. No se detiene a encender la luz. Entra a otro cuarto. Abre un cajón, otro más, revuelve todo. Busca sobre un armario, sobre otro. Al fin la encuentra. Coge una cobija y regresa a la sala. Frente a la ventana apenas se distingue una figura; inmóvil. El hombre pasa por el lado sin mirarla.

Tapa la ventana con la cobija. Se sienta en el comedor, busca en sus bolsillos una caja de fósforos y enciende el trozo de vela que encontró. Derrama esperma en un platillo y lo asegura. Trae un cuchillo de cocina, se sienta a la mesa y comienza a afilarlo en una piedra. Le habla a la figura, aunque no la mira.

- Hoy me encontré a Pedro, a Rosa, Jacinto, Carmenza; hasta a Santiago. “¿Y cómo está tu mujer?”, me preguntaban. “Muy bien, muy bien, gracias. Se fue de viaje”, les decía. “¿A dónde?”, “Adonde una prima tía”.

La figura tiene los ojos abiertos, muy abiertos. La cara de medio lado. Los brazos a los costados. Parece que oye, parece que no.

- Ya empaqué las maletas. Las tuyas y las mías. Todo está listo. Mira la caja. Te queda bien, toda cuadrada –se ríe un poco–. Teresa eres terca. Te advertí, te grité, te corrí, te arrastré. No sé si es culpa tuya o de ese cura.

Un viento frío entra por una hendija de la ventana. La vela se apaga. Teresa parece balancear su cuerpo hacia adelante y hacia atrás. Se mueve la falda de flores que tanto le gusta y los cabellos enmarañados que siempre están sobre su cara. El hombre se levanta al fin. En la oscuridad la abraza, la sostiene. Está fría. Con el cuchillo corta una cuerda que sujeta a Teresa por el cuello.

-“El cura me dijo que no me puedo ir”, “el cura me dijo que si algo me pasa la ley se encarga” “el cura me dijo que tengo que estar con mi marido”. Ya veremos qué dice el cura.

Cada vez más noche, el sonido de la caja. Cada vez más noche, el sonido del cuchillo. La vela revela que el regalo está listo. Un poco más y el regalo en la puerta, otro poco y suenan las campanas.