El amor es como la nieve, primero cae en copitos que nos alegran la vida, flotan en el aire y nos estiramos para cogerlos, para tenerlos en nuestras palmas un rato mientras se derrite y entonces se acaba el encanto de ese copo. Pero caen más y más y nos enviciamos. Hasta que de pronto comienza a hacer mucho frío y uno trata de alejarse, pero de tan copiosa, quizás nos atrapa, dejamos huellas en ella pero ella deja de momento huellas más evidentes. Nos duelen los huesos, los dedos se nos entumecen, parece que perdemos un poco la razón y de pronto, de tan fría sufrimos de hipotermia y hasta el corazón podría sufrir un paro.
Eso me pasó. Amé, amé tanto a alguien que me congelé en sus brazos y cuando traté de salir no pude. Y morí en ella. Lejos de su lado, múltiples maniobras de resucitación. Un, dos, tres, un dos tres, un dos tres.
Ahora caen copos de nieve en mi interior y es tan copioso que el amor y el invierno se hicieron uno. La primavera parece distante, ya hasta las flores han perdido su olor. Solo queda el olor de la nieve, su humedad y la imagen de sus tantas estructuras que malignas me atraparon.
viernes, 30 de diciembre de 2011
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